Como él no sabía de medidas, se asusto de veras al ver la ola abalanzándose sobre la quietud verdosa del mar. El recuerdo de aquel pavor le golpeó esta mañana cuando abrazaba a la desconocida Amanda.

Amor, dijo, Amanda. El pavor recorriendo el pecho del desconocido. El mar abierto en la infinita ola, la desmesura, el abrazo, y luego un pequeño tropiezo de camino a la calle.Los días se hacen de ropa antigua, se hacen con hilo negro y trapecistas muriendo de un ataque de tos en plena caída. Los días se hacen de noche y las noches simplemente rebotan entre los coches y los dedos de las mujeres que nunca llegaran a adorar nuestra forma de esforzarnos por simplemente ser.

El mar odiándome, se dice, amándome Amanda y el cuerpo con la piel de gallina a cuestas y la medida incalculable de las olas. El desconocido abre el día desde la punta de sus desgastados zapatos, caminando con exigente cordura por las tripuladas callejas de su ciudad, sin mirar atrás, nunca mirar atrás, con los puños apretados, los dientes chillando, los pulgares extendidos como montículos de arena entre el cespéd de las aceras y el pensamiento.

Nos pasa por desconocidos, como en aquella película,se dice y aparece entonces cada escena y en el fondo aparece tan sólo la escena de la playa. El niño corriendo con los pulgares extendidos como folios expulsados del fondo de un cajón. El niño mirando al desconocido mar y sonriendo.
La piel de gallina del mar al ver al niño desconocido. Lo fácil es odiarse, amarse, es lo fácil en la vida, sí, el arder con la duda, sí, lo fácil es que te quieran, querer, que odies, que el mar me odie, que Amanda me ame.

Y así sigue el desconocido, con sus pensamientos en la cabeza y no con los versos del Capitán y no con una canción de Cole Porter y no descifrando el pensamiento del hombre que cruza justo ahora con sus pensamientos en racimos y en cólicos neuróticos, no, ni siquiera pasa por su mente los zapatos de la mujer que, histérica, espera la llegada del taxi o del amante o del hombre que tiene el sufiente tiempo para comprender el complejo mecanismo que consigue sacarla de la cama todos los días. Y así siguió el desconocido, hasta que se topó conmigo.



***
La piel se me puso realmente amarilla cuando me crucé con él, la mirada clavada en sus zapatos sucios. Yo, siempre asustado por los zapatos sucios desde que de niño leí, de muy niño, historias de detectives y asesinos que dejaban rastro al enterrar cadáveres y allí está él, oliendo fuertemente a colonia, con los zapatos tristes sucios y sin darme cuenta me choqué con él.

Su mano, aspera y ruda, como si hubiese apaleado a alguien, como si primero hubiese estrechado el cuello de alguien y luego, ensangrentadas las falanges, hubiese golpeado una y otra vez la cabezita hasta dejarla reducida, hasta convertirla en una motita morada.

Su boca seca.
Un segundo el roce de su mano,
un segundo mi mano y su mano
y sus pensamientos del día entonces se vuelven irremediablemente transparentes. Le miré sobrecogido, agradecido por toda esa información en mi entendimiento, le miré de nuevo como queriendo abrazar, amar y pensé que en realidad eso era demasiado fácil.

***
De camino a casa, esta misma noche, he pensado que mejor hubiese sido golpearle, de verás, con el puño abierto sobre su pensamiento transparente o insultarle, o acaso mejor hubiese sido susurrarle bien despacio el origen del viento, o decirle una de esas palabritas que rememoran por si solas, en tan sólo una décima, al océano.