Amaba en ella hasta las diéresis de su apellido, contundente y profana como el vino ajado por la mirada de los ancianos, diestra y oficiosa como una caravana en mitad del desierto, diablo de mil demonios.


Al abrazarla, las pecas revoloteaban por mi cuerpo mimetizándose con el aroma de las luces de los automóviles que jamás pretendimos robar, explosión de alegría y alergia, constatación de lo efímero que es el cigarrillo que no puede ser compartido.


Amaba sobre todo su manera de hacerse amable, como sin querer se te colaba de pronto entre tus babuchas de mendigo y acababa por robarte hasta el sucio pelaje de perro, hasta las historias de frasco etílico, hasta la mirada de cobaya cobarde.Tenía los ojos clavados en mi cuando supe que nunca más el aire frotaria nuestros nudillos meditabundos, que no habría más palacio en la palabra ni perdida en el listín, que se había terminado por completo la escotilla de la excusa, que jamás lograría hacerme perdonar por apalearla con mis falanges de ángel destartalado.


Recuerdo al viejo cantando siempre la calculada nube por encima de nuestras nucas y a ella, clavada con los párpados en el parapente de mi boca, suplicando cierta piedad que nos condenase a vivir de forma inconstante en otra inconsciente vida. Lamenté tanto su huida como lamento mi vuelta. Ahora ahorco el júbilo de la distancia que todo lo tiñe, que todo lo embellece, que todo lo posa y despioja de acentos y de faltas de ortografia y de lo heterodoxo y vivaz que es tener el recuerdo de algo que nunca empezó del todo.


Amaba en ella todo lo que en ella era amable, como su tintineo de garganta al tragarse el café en busca de una definición exacta para mi extintor de deidades, como la manera onírica de soltarse en mil plumas y aparecer de pronto hasta en el más miserable de los tics urbanos, a saber, en el semáforo azulándose milésimas antes de ser de nuevo rojo, en el fuego del mechero que se extiende de mano en mano en una noche de cerveza, en las gabardinas robadas y sobre todo en los pequeños y marineros sombreros Neoyorquinos. Le encantaban sus sombreros de corte húmedo, constructores infalibles de niebla y humo, de veridicos asesinatos en la copa de los árboles y a mi me encantaba rezagarme en el diálogo y dejar que abrasase mi pez espalda con pequeños detalles sobre fósiles que acaso algún día volverán a ser flores.


Por eso les digo, que no, jamás disparé contra el pobre Sal Paradise ni contra el arquitecto de estas catedrales que tan mal me hacen, ni desprecié una sola de las balas que le fueron dirigidas a esa pobre muchacha que ahora angosta sus visitas y articula los anchos de las calles y permanece solitaria en el gancho de los días.
Pobre Sal, él que supo de esto el primero y él que fue el primero en alejarse, con la herida abierta por debajo de sus pantalones militares. Con las palmas de las manos advirtiendo la atemporal tormenta, con la boca llena de salitre y miel, de hermandad profunda.
La amaba con todo lo que conlleva haber abierto este libro y empapado mis ojos de nuevo, con Nuevo Méjico ardiendo en los campos de algodón que en algún sueño recorreremos, el viejo Paradise, ella y posiblemente yo.