El único suspiro que tiene el fumador es imaginar si acabará tocandole la loteria o si por el contrario su fin será resumido en la estadística cancerigena de un médico taciturno.

La belleza monumental de su señora no es ni mucho menos primordial a la hora del sexo. Él ve sexo en cada canción de amor,en un paso de peatones, hasta en sus sueños más llevaderos se encuentra de pronto un poco de sexo. Impúdico, el fumador deberá de aprender de los bisontes para conseguir sobrellevar su más que rancia y olvidadiza existencia. El fumador, pasivo en el cuarto de invitados, recuerda que de niño encontraba una primitiva fascinación en los bisontes de las películas de vaqueros, si le quedasen dientes no duden que esbozaria una sonrisa plena, de luna lunera. Su monumental señora, bella y hérmetica, exponente claro de las bajezas más espantosas y excentrícas de la baja burguesia declina rasurarse nuevamente. Antiguamente habría corrido presta a llamar a su psicólogo, convencida de que ese acto de contricción casto era un indicio de recuperamiento en su polininfomania, ahora ya, con el paso de los tiempos sabe a ciencia cierta que no, eso no la ayudará para dejar de tirarse a medio vecindario.

El fumador debería salir ya del cuarto de invitados, abierta la ventana y lanzada la colilla al asfalto nada deberia impedirle ir al encuentro de su señora en el living. Un último pensamiento de su soledad relampagea su mente justo cuando acaricia vehementemente el pomo dorado.Dicho pensamiento se transforma en un carraspeo incosciente y en una lángida mirada a la crepuscular vecina de enfrente, la cual aprovecha el momento de ausencia de su esposo para bostezar eternamente. El living, siempre hornamentado de figuras de mármol hieráticas, observa con sigilo de mueble antiguo apolillado el beso de reencuentro del matrimonio. Ella se enfunda en un disfraz de piel y él adecua sus hombros para un largo chaquetón marrón. Ambos se cercioran de que todas las luces de la casa están cerradas y tras un leve vistazo a sus zapatos salen de ella. Al llegar a la iglesia ella le confiesa que accidentalmente ha olvidado ponerse bragas. Él energicamene olvida el deseo que eso provocará en sus compañeros de banco y simplemente esboza una pequeña señal de conformidad.



Tras comulgar el fumador se detiene en los iconos de virgenes blancas de la iglesia. Ella le espera apostada en el banco rezando mientras la mano del Señor Ramirez juguetea allá dónde ustedes pueden imaginarse. Al salir de la iglesia el Señor Ramirez invita a ambos a tomar una copa junto a su señora. A las 8, en su casa. El fumador se imagina el final de la noche, no existe nada que pueda desconcertarle, lleva años sabiendo como acabarán las noches, como comenzarán los días, a qué sabrán los cafés del mediodia e incluso cuantos días lloverá en cada época del año. Ese auténtico control que tiene de su destino le resulta irremediablemente angustioso.

A las 8 suena el timbre de la casa del Señor y la señora Ramirez. La puerta es abierta por el hijo pequeño de éstos, el niño, de ocho años, ni se inmuta ante la presencia de los amigos de sus padres, ella intenta besarle pero al ver que no traen regalos consigo sube las escaleras con vitalidad y decepción. Aparece de la cocina la señora Ramirez, una bella mujer rubia engalanada en joyas y pastel de manzana, y les invita a pasar, pidiendoles perdón por el desorden y por su aspecto, se justifica con la siguiente frase "estoy preparando tu postre favorito" fijando su mirada azul al fumador que sin cambiar de postura guiña su pequeño ojo derecho. El señor Ramirez aparece desde el despacho con un ridículo batin y unas viejas gafas doradas de lectura. Ella se avalanza a sus brazos, la señora Ramirez vuelve a la cocina, con el gesto de una iguana que sabe que algún día todo cambiará.

Las copas y la posterior cena se desarrollan bajo el tedio del que compra la luna y se cansa de observarla. El vino corre por todas las venas posibles de los cuatro cuerpos. Cuando se dan cuenta son más de las doce. Los niños duermen arriba y abajo las caricias que empezaron horas atrás para el señor Ramirez y la señora del fumador continuaban con rigurosidad. El fumador comienza a su vez a jugetar con el sostén de la señora Ramirez, actividad carente de alicientes para ambos. A los quince minutos las dos parejas, mezcladas por la alfombra, fornican sin placer y sin decencia. Pasan otros tantos hasta que el señor Ramirez acaba, ella aún insatisfecha se une a su esposo y a la señora Ramirez, incapaces de negarse siguen hasta bien entrada la noche.

Tras los juegos llega el reposo y los enormes puros del Señor Ramirez embotan el salón con una espesa nebulosa que pareciera salida del londres victoriano. Ellos hablan reposadamente sobre finanzas, ellas de sus hijos. Pronto la velada se verá interrumpida como siempre por el apetito exacervado de la esposa del fumador. El fumador entonces debe excusar a su esposa por su inadecuado comportamiento, los Ramirez miran extrañados pues creían que su problema había sido resuelto por aquel sicólogo francés que meses atrás la trató durante horas con jornadas excesivamente duras de sicoanalisis y sexo. El fumador explica que aunque al principio parecia que su señora había experimentado un gran avance no había sido suficiente.

El picor se iba haciendo más agudo y aunque el Señor Ramirez se mostró cortesmente interesado en ayudarla, ésta se excuso diciendo que bastantes problemas habia ocasionado ya con lo de interrumpirles la velada como para que ahora tuviera que hacer un esfuerzo, que se presentaba sobrehumano, por su culpa. El fumador de acuerdo con su esposa pidió un taxi y pocos minutos después ambos desaparecieron tras la puerta de roble.

La señora T llegó como siempre puntual a su cita diaria con el podólogo. El podólogo era alto, amable, con unos pequeños ojillos que insinuaban sus arrugas y también sus credenciales como excelente profesional del pie. La primera tanda de masajes satisfizo casi hasta el orgasmo a la señora T, que por otra parte desconocía ese térmio en terrenos sexuales. Sus cabellos , perfectamente oxigenados, se despeinaron un poco cuando la pulidora incidió en su dedo gordo del pie derecho. Acompañó el dolor con un prolongado gemido que hizo levantar los ojos al podólogo, el cual, preguntó levemente si le había causado algún mal, a sabiendas de que ella contestaria negativamente dejando como coletilla un "todo lo contrario" que si pudiese convertirse en papel, él enmarcaría como trofeo de su maravilloso empleo de las artes podológicas. Tras unas últimas refriegas la sesión acabó. La señora T se levantó de la cómoda camilla blanca y se puso su rojo zapato de tacón. Expandió una enorme sonrisa y coronó su despedida con un dulce "hasta mañana". Puntual como siempre la señora T llegó a su cita diaria con el kiosquero. El kiosquero se apuró para despachar con presura a dos niños que intentaban comprar una sucia e indigna revista con alto contenido sexual, la señora T miró enfurruñada a los jóvenes y éstos salieron corriendo medio asustados, medio arrepentidos. El kiosquero era un hombre fuerte, de mediana edad y si le quedaba algún pelo les prometo que lo ocultaba bien a la vista humana, quizá sólo y digo quizá, un microscopio molecular pudiera encontrar ciertos esquejes de bello en su enorme cabeza. La señora T entró en el pequeño departamente de bollitos y mientras él bajaba la trapa, empezó a desnudarse. Minuto y medio después ,como era costumbre en ambos, acabaron con aquella práctica deshinibida y liberal. La señora T se limpió un poco la falda, manchada de pringoso chocolate y expandiendo una enorme sonrisa dijo "hasta mañana".

La señora T como siempre puntual llegó a su cita diaria con sus alumnos. Los alumnos eran adolescentes desbocados, repletos de defectos que harían de mi relato una enorme lista de pecados capitales. Entró en clase y ellos ni se dignaron a saludarla.Ofendida comenzó a explicar las múltiples funciones de la voz pasiva. Aunque les parezca irreal algunos alumnos incluso llegaron a bostezar agudamente, irremediablemente fueron expulsados de la clase. Otros comentaban datos totalmente innecesarios y entorpecian frecuentemente la maravillosa elocución de la señora T. Éstos también por el bien común fueron invitados a continuar sus charlas lejos del aula. Las chicas dibujaban o escribian notas, denotando una falta de respeto absoluto por la inmensa capacidad oratoria de la señora T y tuvieron que seguir el camino de sus compañeros. La clase quedó reducida a tres alumnos, dos no habían cumplido con sus obligaciones y no habían hecho los ejercicios. El otro comenzó a estornudar y la señora T le propuso que se fuera a su casa por miedo a ser infectada por los sucios virus del catarrro. La señora T rodeada del silencio oportuno pensó en su maravilloso día y expandiendo su enorme sonrisa rompió a llorar.

Se habían enamorado, ninguno lo sabía aún y no sería hasta el último hálito de vida cuando ambos descubririan aterrados el amor que sentian. Ella era morena, aunque bien pudiera ser rubia, era delgada, aunque bien pudiera ser obesa. Él era moreno, aunque bien pudiera haber sido rubio, era delgado, aunque bien pudiera haber sido obeso. Porque para el relato poco me importan los detalles, la verdad, el drama no era el champú que usaban, ni las veces al día que maldecían al dios que les había concevido. Poco me importan sus primeros besos y sus últimos, la verdad es que para el relato poco me importan muchas de las cosas que quizá para ellos eran fudentamentales en sus ya apagadas vidas. Se conocían de siempre, de ser vecinos o de encontrarse todos a la salida del cine, de coincidir en clases de piano o de verse reflejados en los espejos de los sueños. Nunca prestaron mayor atención al otro que al resto del planeta, nunca una mirada diligente que nos hiciera pensar que entre ellos existia algo más. Ella obsesionaba a las sábanas todas las noches elucubrando imágenes cotidianas junto a alguien, ese alguien era como decir junto a un cuadro abstracto o un lienzo por pintar, una carretera aún no escrita en los mapas, un edificio del que aún no sé.